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¿Mudamos de tiranos? La advertencia de Mariano Moreno en la era de la inteligencia artificial

¿Mudamos de tiranos? La advertencia de Mariano Moreno en la era de la inteligencia artificial
“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía.”
Mariano Moreno, prólogo a la traducción de El Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau, 1810.²
Doscientos dieciséis años han transcurrido desde que Mariano Moreno escribió estas palabras. Sin embargo, pocas advertencias de nuestra historia conservan una actualidad tan inquietante.
Moreno las formuló en los albores de la Revolución de Mayo, cuando los habitantes del Río de la Plata comenzaban a cuestionar la legitimidad del poder colonial. Pero su preocupación trascendía la coyuntura política. Comprendió, con una lucidez extraordinaria, que la verdadera libertad de los pueblos no depende únicamente de las instituciones que los gobiernan, sino de la capacidad de sus ciudadanos para comprender, reflexionar y ejercer un juicio propio.
Hoy enfrentamos una revolución de naturaleza muy distinta, aunque no menos trascendente. No se trata de la irrupción de nuevas formas de gobierno ni de la caída de viejos imperios. La transformación se produce silenciosamente a través de tecnologías que utilizamos todos los días y que están modificando la manera en que aprendemos, trabajamos, nos informamos e incluso pensamos. Esa revolución tiene un nombre: inteligencia artificial.
Por primera vez en la historia, millones de personas pueden acceder instantáneamente a sistemas capaces de redactar textos, resumir libros, responder consultas jurídicas, resolver problemas complejos y generar argumentos sofisticados en cuestión de segundos. Lo que hace apenas unos años parecía ciencia ficción forma parte hoy de la vida cotidiana de estudiantes, profesionales y empresas.
Nos encontramos, sin duda, ante una de las mayores revoluciones intelectuales desde la invención de la imprenta. Pero precisamente por ello conviene volver la mirada hacia Mariano Moreno.
Moreno y la batalla por las ideas
La imagen más difundida de Moreno es la del secretario de la Primera Junta, el periodista combativo o el revolucionario decidido. Sin embargo, existe una dimensión de su figura que suele recibir menor atención y que resulta particularmente relevante para nuestro tiempo: Moreno fue, ante todo, un educador cívico.
Desde sus años de formación en Chuquisaca comprendió que el conocimiento constituía una herramienta de emancipación. Sus lecturas de los autores ilustrados europeos, su admiración por Rousseau y su permanente preocupación por la circulación de las ideas reflejan una convicción que atravesó toda su obra: ningún pueblo puede ser verdaderamente libre si permanece en la ignorancia. Así lo expresó al presentar su traducción del Contrato Social, al describir a Rousseau como aquel
“hombre inmortal que formó la admiración de su siglo y será el asombro de todas las edades”, el primero que, “disipando completamente las tinieblas con que el despotismo envolvía sus usurpaciones, puso en clara luz los derechos de los pueblos”.
Mariano Moreno, prólogo a El Contrato Social, 1810.
Esa misma convicción lo llevó, apenas semanas después, a fundar una academia de instrucción militar y de matemáticas para oficiales del nuevo ejército. En su decreto fundacional, fechado en septiembre de 1810, escribió una frase que resume su filosofía de gobierno:
“El Oficial de nuestro ejército, después de asombrar al enemigo por su valor, debe ganar a los pueblos por el irresistible atractivo de su instrucción.”
Mariano Moreno, decreto de creación de la academia de matemáticas, septiembre de 1810.¹
Ni siquiera en el terreno militar, el más alejado de la vida intelectual, Moreno concebía el poder sin el conocimiento. La fuerza sin instrucción le resultaba, en el fondo, una victoria a medias.
Por esa misma convicción impulsó la creación de la Biblioteca Pública de Buenos Aires apenas cuatro meses después de la Revolución de Mayo. Mientras la naciente patria enfrentaba amenazas militares y profundas incertidumbres políticas, Moreno destinaba esfuerzos a la fundación de una institución dedicada a la difusión del conocimiento.
No se trataba de una preocupación secundaria. En el artículo “Educación”, publicado en la Gazeta de Buenos Ayres el 13 de septiembre de 1810 para anunciar la creación de la Biblioteca, escribió:
“Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice.”
Mariano Moreno, Gazeta de Buenos Ayres, 13 de septiembre de 1810.³
Y, lamentando el abandono en que se encontraba la educación de la juventud porteña, agregó:
“Todos han visto con dolor destruirse aquellos establecimientos de que únicamente podía esperarse la educación de nuestros jóvenes (…) La Junta se ve reducida a la triste necesidad de criarlo todo.”
Mariano Moreno, Gazeta de Buenos Ayres, 13 de septiembre de 1810.
Estas afirmaciones revelan la profundidad de su pensamiento. La ignorancia no era para Moreno una simple carencia cultural. Era una forma de dependencia. Un pueblo incapaz de comprender sus derechos difícilmente podría defenderlos. Una ciudadanía que no reflexiona críticamente queda expuesta a toda clase de manipulaciones.
La misma preocupación aparece en otro pasaje célebre de la Gazeta, instrumento fundamental para la difusión de las ideas revolucionarias. Allí escribió:
“El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes, y el honor de éstos se interesa en que todos conozcan la execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir sus delitos. El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal.”
Mariano Moreno, Gazeta de Buenos Ayres, 1810.
Detrás de esta afirmación se encontraba una idea profundamente republicana: la libertad exige ciudadanos informados, capaces de controlar el ejercicio del poder y de participar activamente en los asuntos públicos.
Esa misma defensa de la libertad de pensamiento y de expresión, condición indispensable para que los pueblos pudieran ilustrarse, aparece pocos días después en otro artículo de la Gazeta:
“Si se ponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia; el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento harán la divisa de los pueblos, y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria.”
Mariano Moreno, Gazeta de Buenos Ayres, 21 de junio de 1810.⁴
Moreno sabía que la independencia política carecería de valor si los pueblos continuaban sometidos a la ignorancia. La Revolución de Mayo no consistía únicamente en reemplazar autoridades. Exigía formar ciudadanos.
La revolución de la inteligencia artificial
Dos siglos después, la humanidad enfrenta un desafío que Moreno jamás habría podido imaginar.
La inteligencia artificial no sólo facilita el acceso a la información. También comienza a intervenir en actividades que históricamente estuvieron asociadas al razonamiento humano: redactar, investigar, analizar, sintetizar e incluso argumentar.
Como toda gran innovación tecnológica, ofrece oportunidades extraordinarias. Puede democratizar el conocimiento, potenciar la productividad, facilitar el aprendizaje y ampliar las capacidades intelectuales de millones de personas. Sería absurdo desconocer esos beneficios.
Sin embargo, también resulta necesario reflexionar sobre algunos riesgos que empiezan a manifestarse con creciente claridad. Entre ellos sobresale uno particularmente relevante: la dependencia intelectual.
Cada vez más estudiantes utilizan herramientas de inteligencia artificial para elaborar trabajos prácticos, resumir textos o resolver ejercicios. Numerosos profesionales recurren a ellas para redactar informes, analizar documentos o producir contenidos. Estas prácticas pueden resultar útiles y legítimas. El problema surge cuando la herramienta deja de complementar el pensamiento y comienza a sustituirlo.
Diversos estudios recientes han advertido sobre fenómenos de delegación cognitiva (cognitive offloading), es decir, la transferencia sistemática de tareas intelectuales desde las personas hacia sistemas automatizados. Cuando esta práctica se vuelve habitual, determinadas capacidades vinculadas al análisis crítico, la comprensión profunda de los problemas y la verificación de información pueden debilitarse progresivamente.⁵
Del mismo modo que un músculo se atrofia cuando deja de ejercitarse, ciertas habilidades intelectuales pueden deteriorarse cuando son reemplazadas de manera permanente por herramientas tecnológicas. La inteligencia artificial no destruye el pensamiento crítico. Pero puede contribuir a debilitarlo si dejamos de practicarlo.
Una crisis educativa silenciosa
La irrupción de la inteligencia artificial ha puesto en evidencia una realidad que muchas veces preferimos ignorar: nuestros sistemas educativos no estaban preparados para esta transformación.
Los estudiantes incorporan diariamente tecnologías que evolucionan a una velocidad vertiginosa. En cambio, gran parte de las estructuras educativas continúa operando bajo lógicas concebidas para un mundo anterior a la revolución digital.
Con frecuencia, la inteligencia artificial es utilizada para producir trabajos que aparentan conocimiento sin que necesariamente exista comprensión real detrás de ellos. Se obtiene el resultado sin recorrer el proceso intelectual que permite alcanzarlo. Se accede a la respuesta sin haber desarrollado las herramientas necesarias para formular la pregunta.
El caso se repite todos los días en escuelas y universidades: un estudiante recibe una consigna, la traslada sin más a un sistema de inteligencia artificial, y entrega minutos después un texto correctamente redactado, con buena ortografía y argumentos prolijos. La tarea está cumplida. Pero ese estudiante no leyó, no comparó fuentes, no se equivocó, no corrigió. No atravesó ninguno de los pasos que antes formaban, casi sin querer, la capacidad de pensar. Aprobará la materia. Y sin embargo sabrá menos que si hubiera escrito un trabajo mediocre por sus propios medios.
Muchos docentes de nivel secundario enfrentan enormes dificultades para adaptarse a este nuevo escenario. Lo mismo ocurre en numerosas universidades. No por falta de compromiso o capacidad, sino porque la velocidad de los cambios tecnológicos supera ampliamente los tiempos tradicionales de adaptación institucional.
El resultado puede ser un progresivo empobrecimiento de la calidad educativa. No porque los estudiantes dispongan de más tecnología, sino porque el sistema aún no ha encontrado la manera de integrar esas herramientas sin sacrificar los procesos de razonamiento, lectura, análisis y reflexión que constituyen la esencia misma de la educación.
Durante generaciones, la educación estuvo orientada a enseñar a pensar. Hoy corremos el riesgo de limitarnos a enseñar cómo obtener respuestas. La diferencia es fundamental: un estudiante que aprende a pensar podrá resolver problemas que todavía no existen; uno que solamente aprende a obtener respuestas dependerá siempre de quien se las proporcione.
Y fue precisamente contra esa dependencia intelectual que luchó Mariano Moreno.
Ecos contemporáneos del pensamiento de Moreno
En su primera encíclica, Magnifica Humanitas, presentada en el Vaticano el 25 de mayo de 2026, el Papa León XIV identifica a la inteligencia artificial como uno de los grandes desafíos antropológicos de nuestro tiempo.⁶ El Pontífice sostiene que la IA “no puede considerarse moralmente neutral” y reclama que sea “desarmada” de toda lógica que la convierta en instrumento de dominio.⁷
Aunque separados por más de dos siglos, Moreno y León XIV parecen converger en una misma intuición. Ambos comprenden que ninguna innovación tecnológica garantiza por sí misma una sociedad más libre. La libertad depende de la formación de personas capaces de comprender la realidad, ejercer su juicio crítico y asumir responsablemente sus decisiones.
Moreno observó los peligros de la dominación política. León XIV advierte sobre los riesgos de nuevas formas de dependencia tecnológica. Pero el núcleo de sus preocupaciones es el mismo: la defensa de la dignidad humana.
Más vigente que nunca
Tal vez nunca como hoy la célebre advertencia de Mariano Moreno haya resultado tan actual.
Vivimos rodeados de información. Disponemos de herramientas capaces de responder en segundos preguntas que antes exigían horas de estudio e investigación. Sin embargo, al mismo tiempo asistimos a una profunda crisis educativa, a una disminución de los hábitos de lectura, a crecientes dificultades de comprensión y a una preocupante tendencia a delegar tareas intelectuales en sistemas automatizados.
No estamos ante una crisis tecnológica. Estamos ante una crisis de formación. Una crisis que nos obliga a preguntarnos qué significa educar en la era de la inteligencia artificial y cuál es el papel que deben desempeñar la escuela, la universidad y la familia frente a estos desafíos.
Mariano Moreno tenía una respuesta clara. La educación no era simplemente un mecanismo para transmitir conocimientos. Era la condición indispensable para el ejercicio de la libertad. Por eso su pensamiento merece ser recuperado hoy con renovada intensidad. No como una pieza de museo. No como una referencia ceremonial reservada para las efemérides. Sino como una guía para afrontar uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.
Quizás la mayor amenaza de la inteligencia artificial no sea que las máquinas lleguen a pensar como los seres humanos. Quizás el verdadero peligro consista en que los seres humanos dejen de pensar por sí mismos.
Moreno, que prefería siempre el riesgo del pensamiento propio a la comodidad de la obediencia, lo había dicho con una frase que hoy cobra un sentido nuevo:
“Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila.”
Mariano Moreno.
Mariano Moreno comprendió que la libertad política sólo podía sostenerse sobre ciudadanos ilustrados. León XIV nos recuerda que el progreso tecnológico sólo será verdaderamente humano si permanece subordinado a la dignidad de la persona. Entre ambos mensajes, separados por más de dos siglos, existe una misma advertencia.
Ninguna Nación será más libre que la educación de su pueblo. Y ninguna inteligencia artificial podrá reemplazar jamás el deber de cada generación de aprender a pensar.
Cuando Moreno impulsó la creación de la Biblioteca Pública en septiembre de 1810, comprendió que el destino de la nueva Nación dependería menos de sus armas que de la formación intelectual de sus ciudadanos.
Dos siglos después, la Argentina enfrenta una transformación de magnitud comparable. La inteligencia artificial modificará profesiones, escuelas, universidades y formas de producción. Pero ninguna innovación tecnológica resolverá por sí sola los problemas de una sociedad que ha dejado de valorar el conocimiento, el esfuerzo intelectual y el pensamiento crítico.
La libertad seguirá dependiendo, como en 1810, de la capacidad de los pueblos para educarse, comprender y pensar por sí mismos. Porque en una época fascinada por la inteligencia artificial, el desafío más urgente sigue siendo profundamente humano: formar inteligencias naturales.
Mario Covarrubias Jurado es abogado (UCA), con Maestría en Derecho Empresario de la Universidad de San Andrés (UdeSA). Es asociado en Estudio Garrido Abogados, donde se especializa en litigios comerciales complejos, arbitrajes derivados de operaciones de fusiones y adquisiciones y controversias tecnológicas. Es profesor del Departamento de Posgrado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y autor de artículos jurídicos sobre litigio estratégico, derecho comercial y derecho de la tecnología.

Notas
1. Mariano Moreno, decreto de creación de la academia de matemáticas para oficiales del Ejército, Buenos Aires, septiembre de 1810.
2. Mariano Moreno, prólogo a la traducción de El Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau, Imprenta de Niños Expósitos, Buenos Aires, 1810. El propio Moreno decidió suprimir el capítulo referido a la religión civil, aclarando en el prólogo: “Como el autor tuvo la desgracia de delirar en materias religiosas, suprimo el capítulo y principales pasajes donde ha tratado de ellas”. Cabe señalar que la historiografía discute si Moreno fue el traductor de la obra o si, como sostienen algunos especialistas, reeditó y prologó una traducción anterior atribuida a Gaspar Melchor de Jovellanos; la autoría del prólogo, en cambio, no se cuestiona.
3. Mariano Moreno, artículo “Educación”, Gazeta de Buenos Ayres, 13 de septiembre de 1810, en el que se anuncia la creación de la Biblioteca Pública de Buenos Aires.
4. Mariano Moreno, Gazeta de Buenos Ayres, 21 de junio de 1810, en su célebre defensa de la libertad de imprenta.
5. Véanse, entre otros, los estudios recientes sobre cognitive offloading y dependencia cognitiva asociados al uso intensivo de herramientas de inteligencia artificial generativa, especialmente en contextos educativos.
6. Papa León XIV, Magnifica Humanitas, carta encíclica sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, firmada el 15 de mayo de 2026 —en el 135.º aniversario de la Rerum Novarum de León XIII— y presentada en el Vaticano el 25 de mayo de 2026.
7. “No podemos considerar a la IA como moralmente neutra”, advierte el Pontífice, quien reclama además “desarmarla” para evitar que “domine al ser humano” (Magnifica Humanitas, cap. III, n. 92 y ss.).